Meditación y presencia

 

 

Uno de los objetivos de meditar es  calmar la mente. Entrar en un espacio interior de tranquilidad y sosiego y permanecer ahí, a voluntad, durante un tiempo determinado.

Las consecuencias de ese viaje hacia nuestro interior son del todo enriquecedoras: sanación física, equilibrio emocional, despertar espiritual…

Lo habitual cuando intentamos meditar es descubrir que dentro de nosotros, más que un lago tranquilo y apacible donde sumergirnos, existe una auténtica jaula de grillos. Muchos de mis alumnos se frustran al descubrir esto:

-¡Jamás seré capaz de dejar de pensar! Paradójicamente, el hecho de ser conscientes de ese griterío interior ya es un inicio en la meditación. Tomamos consciencia de lo que está ocurriendo dentro de nosotros; aunque no nos guste. El siguiente paso sería eliminar el “me gusta” y “no me gusta”. Esto es, el juicio. Esa vocecita crítica e hiriente que siempre está juzgando y calificando, o mejor dicho, descalificando nuestros actos, intenciones, capacidades… ¡Y por supuesto a los demás! Por cierto, ¿habéis visto qué mal vestidas iban algunas actrices en la gala del otro día? Perdón, me he despistado del artículo… Esto es lo que suele pasar al intentar meditar: nos centramos en un pensamiento -o en el no pensamiento- y a la mínima nos distraemos con cosas totalmente mundanas. Lo siguiente es la vocecita que sin piedad nos reafirma en nuestra incompetencia. Bien, pues al igual que en el gimnasio para desarrollar los bíceps no podemos tener tensionado siempre el músculo, si no que tenemos que relajarlo para volver a tensionarlo para volver a relajarlo… y como consecuencia de tanto tensionar y relajar nos ponemos cachas, pues así ocurre con el músculo de la meditación. Si nos distraemos de nuestro objetivo pues volvemos a él; pero sin broncas. De esa forma tensionamos y relajamos y volvemos a tensionar el músculo de la meditación y el resultado es que cada vez nos distraeremos menos e incluso  podremos llegar a la vacuidad mental: ese espacio que existe entre pensamiento y pensamiento. 

Como vamos descubriendo, la meditación describe la práctica de un estado de atención enfocada. Esta atención la podemos dirigir a un objeto externo, a un pensamiento, centrarla en nuestra respiración, en la observación de la propia consciencia, o el propio estado de concentración. 

La meditación se caracteriza normalmente por tener algunos de estos rasgos:

Un estado de concentración sobre la realidad del momento presente. En este caso es importante que los árboles no nos impidan ver el bosque. Precisamente es la observación sin juicio la que permite que esto suceda; la falta de crítica permite que no nos identifiquemos con los problemas y por tanto que no reaccionemos emocionalmente. Por cierto, no identificarse no es lo mismo que “pasar de… “

Otro estado sucede cuando la mente se disuelve y es libre de sus propios pensamientos. Es una sensación de fusión con el entorno y se experimenta la unidad. De hecho durante la meditación se produce una distorsión de la percepción del espacio / tiempo debido a los cambios químicos que se producen especialmente en el lóbulo frontal y temporal. Es algo así como una experiencia mística pero sin la necesidad de convertimos en beatos.

Otras personas religiosas prefieren concentrar la atención en la divinidad a la que procesan culto. Es una opción y, por lo explicado anteriormente, podemos comprender que no debemos confundir meditación con religión. Todo el mundo puede meditar sea creyente o no. 

Hay quien focaliza la mente en un único objeto de percepción, como por ejemplo una puesta de sol, la propia respiración o una recitación de palabras constantes conocidas como mantrams. 

Existe también la meditación activa. Esto es, entrar en un estado alterado de consciencia mientras se realiza una actividad. Al mencionar esto, en seguida pensamos en danzas derviches, actos chamánicos o en la danza de la lluvia de los apaches. Mis alumnos se sorprenden cundo les pregunto si nunca han planchado o fregado platos. Muchas veces ese acto mecánico nos conduce a un estado especial meditativo. ¡Al final va a resultar que todos hemos meditado alguna vez!

Todos ellos son mecanismos que nos ayudan a disociarnos de la percepción cotidiana de la vida, pero no de la realidad. Es como si meditar te diese mayores miras o hiciese la función de una lupa que te ayuda a percibir detalles ocultos a simple vista. De hecho, meditar te convierte en un ser más consciente tanto de ti como del entorno, a la vez que la objetividad, resultado de no confundirte con tus propias emociones, te aporta una mayor agilidad mental e inteligencia emocional.

Hoy en día la meditación se está poniendo muy de moda. Quizás te suene el anglicismo “Mindfulness”. Esto significa en inglés atención plena en el momento presente. Si bien últimamente parece increíble que no hubiésemos podido hacer nada sin el Mindfulness, ya que incluso está sirviendo de gancho a nivel empresarial, la verdad es que ha calado hondo en la sociedad debido a sus beneficios en la salud y en el rendimiento intelectual. Eso si: es muy importante escoger en qué se tiene la atención plena. Algunos de mis pacientes son expertos meditadores… en sus problemas y en lo negativo… Bueno, esto no es exactamente meditar si no enfrascarse en los problemas o como diríamos coloquialmente “rallarse”. Digo esto porque meditar, lejos de la apariencia externa, no es no hacer nada. Tenemos que  realizar el acto de voluntad de seleccionar pensamientos constructivos y saludables, o de dirigir la mente a ese estado de quietud, que para nada es sinónimo de abandono. Es una dirección muy consciente. 

Estudios científicos han demostrado que las técnicas de meditación ayudan a mejorar la concentración, la memoria, el sistema inmunológico y la salud en general. También tiene un efecto antidepresivo ya que cambia la química de nuestro cerebro. 

William James, eminente profesor de psicología en la Universidad de Harvard  y fundador de la psicología funcional, dijo: -“La capacidad de centrar deliberadamente la atención errante una y otra vez, constituye el fundamento del discernimiento, el carácter y la voluntad. Nadie es compos sui si carece de ella. Y una estructura educativa que se dedicara a adiestrar esta facultad sería la educación por antonomasia”. 

Pero claro, en estos tiempos en que se elimina incluso la Filosofía de las aulas, ¿quién es el guapo que convence al ministro de educación de la necesidad de enseñar meditación y crear seres pensantes y saludables?

Y si alguien te ha dicho que meditar es difícil ¡No te lo creas! Todo es ponerse a ello. Además, no hace falta que empieces con grandes periodos de tiempo. Unos minutos varias veces al día es un buen inicio. Con la práctica el cuerpo te pedirá más y encontrarás el momento adecuado. Y si no, sinceramente, ¿cuántas veces te has asustado cuando has sido consciente de todo el rato malgastado merodeando en internet?

¡Medita y crecerás!

Daniel Chumillas ©2013

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